Alados son los compases de la caja que canta
mediterráneas melodías, alado este bolígrafo
garabateador de signos y memorias, de niño, perdido
entre olores y nostalgias, remiendos, hielo y bicicletas.
Antes había sido la tiza, blanquisucio reguero
de caracol, como de moco; Sevilla, naranjales floreciendo
en la calle del Aire, pasitos menudos, dedos nerviosos
agrandan el discreto boquete entre la pana. Los buses y
semáforos frente al cine Rialto. Pardiblanca la estatua
sentada y amorosa, esperando el latido asonante o el
involuntario pestañeo provinciano.
Así, poquito a poco, enderezando el paso entre la
muchedumbre y esquivando a los autos, siempre por la
derecha, Plazuela de la Alfalfa inconfundible por su
perpetuo guirigay de canarios, sellos, sombreros,
cacahuetes y charcos.
El globo amarillo sobrevuela espadañas y Archivos
de Indias, otea los miradores hasta caer lentamente al río,
mas no llegará a Salmedina, subirá en el recodo hasta
La Pañoleta y desde allí a Coca, y de coca a coca,
Castilleja. Este reloj de arena está tocando fondo,
próxima la vuelta a la rutina, hay que ver si colará
esta vez lo de la familia numerosa para el billete.
¡Oh, loco mundo! ¿Permitirse cuestionar si empleábamos
bien los cinco duros de papel?
Del libro Cálidoscopio
Antología Generacional
Colección El Ermitaño II, 1993
miércoles, 13 de octubre de 2010
LLANTO DEL POEMA POR HABER PERDIDO SU COTIDIANA GEOGRAFÍA DE PAPEL
Fue una tarde cualquiera de otoño, cuando entre farolas
circulaban los autos como atropellándose, mientras los humos se
iban enroscando en sus volutas, jugueteando como niños que saltan
de la acera al asfalto, del asfalto a la acera. Mi paso, sin
sonido, tras haberlo olvidado en cualquier esquina de la memoria;
encaminándome a un no-sé-dónde de sombras recortadas de farolas,
la mía se confundía repitiendo contorno contra la pared izquierda.
Mentalmente cuento los espacios iluminados: uno, dos, tres y
cuatro hasta la calle, para luego repetirse en monótona aritmética.
La pluma Parker regalo de cumpleaños se ha desembarazado
de su negro capuchón, garabatea su tinta negriblanca sobre el
asfalto, asestando puñaladas por donde quiera que pasa, reptando
hasta encaramarse por las fachadas hasta las copas de los árboles.
Desde allí dibuja ráfagas de vientos capaces de atemperar
cardíacos ritmos y mínimos vericuetos del espacio. Mientras tanto
la cuartilla se sorprende de su inesperada soledad, advierte de
repente, sin un mínimo aviso telegráfico su orfandad de tintas, de
ecos. Observa ensimismada cómo primero las comas, luego las diéresis,
los puntos y comas, los acentos se escapan de los textos iniciando
vuelos al principio cortos, para convertirse en decididos y alcanzar
las ventanas y huir por las avenidas casi desiertas de viandantes.
Recobra su vegetal conciencia poco a poco, como cuando se vuelve de
una pesadilla y descubres que estás viviéndola, que es verídica y
palpable, tangible y manifiestamente cruel. Juan de Mairena se
pasea por Salamanca, Vallejo baila entre los aguaceros de París y
los ángeles de Alberti corren hacia el café de Silverio Franconetti,
allí los esperan los ayes de Terremoto de Jerez.
Lágrimas lechosas como de semen se extiende sobre el poema
y lo está blanquiborrando, emborrolimpiando, otoñeciendo.
Del libro Cálidoscopio
Antología Generacional
Colección El Ermitaño II, 1993
circulaban los autos como atropellándose, mientras los humos se
iban enroscando en sus volutas, jugueteando como niños que saltan
de la acera al asfalto, del asfalto a la acera. Mi paso, sin
sonido, tras haberlo olvidado en cualquier esquina de la memoria;
encaminándome a un no-sé-dónde de sombras recortadas de farolas,
la mía se confundía repitiendo contorno contra la pared izquierda.
Mentalmente cuento los espacios iluminados: uno, dos, tres y
cuatro hasta la calle, para luego repetirse en monótona aritmética.
La pluma Parker regalo de cumpleaños se ha desembarazado
de su negro capuchón, garabatea su tinta negriblanca sobre el
asfalto, asestando puñaladas por donde quiera que pasa, reptando
hasta encaramarse por las fachadas hasta las copas de los árboles.
Desde allí dibuja ráfagas de vientos capaces de atemperar
cardíacos ritmos y mínimos vericuetos del espacio. Mientras tanto
la cuartilla se sorprende de su inesperada soledad, advierte de
repente, sin un mínimo aviso telegráfico su orfandad de tintas, de
ecos. Observa ensimismada cómo primero las comas, luego las diéresis,
los puntos y comas, los acentos se escapan de los textos iniciando
vuelos al principio cortos, para convertirse en decididos y alcanzar
las ventanas y huir por las avenidas casi desiertas de viandantes.
Recobra su vegetal conciencia poco a poco, como cuando se vuelve de
una pesadilla y descubres que estás viviéndola, que es verídica y
palpable, tangible y manifiestamente cruel. Juan de Mairena se
pasea por Salamanca, Vallejo baila entre los aguaceros de París y
los ángeles de Alberti corren hacia el café de Silverio Franconetti,
allí los esperan los ayes de Terremoto de Jerez.
Lágrimas lechosas como de semen se extiende sobre el poema
y lo está blanquiborrando, emborrolimpiando, otoñeciendo.
Del libro Cálidoscopio
Antología Generacional
Colección El Ermitaño II, 1993
SIN TÍTULO
De poco vale perderse entre los cuartos y ser viajero
al baño, conductor al patio o astronauta de balcones si no se
tiene cédulas de espantos, ni permiso del rey de Swazilandia
para asaltar caravanas de camellos en Marzo.
De poco o casi nada sirve tener más de treinta palacios
llenos de manuscritos arcaicos griegos sobre la polución de las
mariposas, el área del planeta Tierra y aproximaciones matemáticas
de curvas de tiros por catapultas, si el balcón de enfrente de mi
piso siempre tiene la cortina echada y la niña de ojos avispados
sólo se asoma de higos a brevas, y ni el gato aparece en los
tejados los fines de semana.
Por eso no me queda más remedio que practicar el desfile
con una compañia de saltamontes USA casi todo el día y luego, por
la tarde, aunque caliente el sol hasta derretir la olla a presión
(si compra la V3, le regalamos dos sartenes y número de cinco
cifras para optar a un almuerzo gratis para dos personas), dibujar
tuercas y muelles para cualquier multinacional de la automoción.
No tiene el menor sentido el hacerse de idem y con la calculadora
de luz solar, comprobar con tristeza que el trabajo de esclavo
durante toda la vida, difícilmente es lo suficiente para un viaje
de seis meses.
Y claro, cómo se atreven mis vecinos ni siquiera a
plantearse el saludo en la escalera o si aparco saliéndome de la
línea amarilla.
Del libro Cálidoscopio
Antología Generacional
Colección El Ermitaño II, 1993
al baño, conductor al patio o astronauta de balcones si no se
tiene cédulas de espantos, ni permiso del rey de Swazilandia
para asaltar caravanas de camellos en Marzo.
De poco o casi nada sirve tener más de treinta palacios
llenos de manuscritos arcaicos griegos sobre la polución de las
mariposas, el área del planeta Tierra y aproximaciones matemáticas
de curvas de tiros por catapultas, si el balcón de enfrente de mi
piso siempre tiene la cortina echada y la niña de ojos avispados
sólo se asoma de higos a brevas, y ni el gato aparece en los
tejados los fines de semana.
Por eso no me queda más remedio que practicar el desfile
con una compañia de saltamontes USA casi todo el día y luego, por
la tarde, aunque caliente el sol hasta derretir la olla a presión
(si compra la V3, le regalamos dos sartenes y número de cinco
cifras para optar a un almuerzo gratis para dos personas), dibujar
tuercas y muelles para cualquier multinacional de la automoción.
No tiene el menor sentido el hacerse de idem y con la calculadora
de luz solar, comprobar con tristeza que el trabajo de esclavo
durante toda la vida, difícilmente es lo suficiente para un viaje
de seis meses.
Y claro, cómo se atreven mis vecinos ni siquiera a
plantearse el saludo en la escalera o si aparco saliéndome de la
línea amarilla.
Del libro Cálidoscopio
Antología Generacional
Colección El Ermitaño II, 1993
ELEGíA AL MAESTRO DESAPARECIDO
A José Luis Tejada
De vez en cuando se deja algún amigo en un patio flanqueado
por cipreses, en un solar ruinoso y ventilado por signos y claveles.
A veces el plumier de mi Parker se entristece de pronto y
lágrimas de tinta emborronan mi cara. Voy dejando retazos de
sonrisas -siempre horizontalmente para que vean la luna- y luego,
recelosos, partimos hacia el arco que divide contemplación y gritos.
Son esos días en los que la frágil bolsa del recuerdo se desfonda y
entre las hilachas van cayendo al albero saludos, frases sueltas,
despedidas mezcladas de tabaco y alhucema. Esto me hace pensar por
qué también mi foto va perdiendo su plateada fijación de ayer, si
se mira detenidamente no se aprecia el contorno claramente; debe ser
que a todos cuanto dejo en el patio van llevándose consigo, puede que
en los zapatos, el apresto de aquella ropa que nos delimitaba, la copla
que hería más o el poema que surca, balanceándose, mares ignorados.
Esta mañana acompañé a otro amigo a ese patio. Normalmente
bajaba "al sur del sur" atravesando esta bahía enloquecedora y
perimetral, ponía notas y signos, y a veces hasta pasaba lista.
Luego subía siempre por la bahía y buscaba la cara para leer los ojos
y no los encontraba, volvía a bajar y a subir y a bajar nuevamente
para escribir los ojos y no los encontraba y no los encontraba.
Bien tarde he comprendido tu bisturí de disección de versos,
la constante humedad de las comisuras de tus ojos, la lágrima fácil,
tu obseción por el tiempo y el sofá de cuero desfondado. La caracola
gigante de tu escalera aún la conservo.
Luego volví a inundar de algas mis bolsillos y soñé con
subirme a los cañizos y esterones de La Puntilla, arrebatado de
impotencia, para desde allí desafiar al viento de Levante.
Tembloroso y triste me refugio en el oscuro reducto de mi casa,
y la altanera araucaria de mi balcón va susurrándome sus quejíos
vegetales circundada también por cuatro muros. Me pareció por un
instante oir el ulular del viejo molino de viento de la calle Valdés,
girando alocadamente, desesperado, por perder al mejor de sus amantes,
allá, no muy lejos, concretamente en un patio flanqueado por
cipreses, en un solar ruinoso y ventilado por signos y claveles.
(El entrecomillado es una cita del título de un libro de poemas
de Julio Rivera Cross).
Del libro Cálidoscopio
Antología Generacional
Colección El Ermitaño II, 1993
De vez en cuando se deja algún amigo en un patio flanqueado
por cipreses, en un solar ruinoso y ventilado por signos y claveles.
A veces el plumier de mi Parker se entristece de pronto y
lágrimas de tinta emborronan mi cara. Voy dejando retazos de
sonrisas -siempre horizontalmente para que vean la luna- y luego,
recelosos, partimos hacia el arco que divide contemplación y gritos.
Son esos días en los que la frágil bolsa del recuerdo se desfonda y
entre las hilachas van cayendo al albero saludos, frases sueltas,
despedidas mezcladas de tabaco y alhucema. Esto me hace pensar por
qué también mi foto va perdiendo su plateada fijación de ayer, si
se mira detenidamente no se aprecia el contorno claramente; debe ser
que a todos cuanto dejo en el patio van llevándose consigo, puede que
en los zapatos, el apresto de aquella ropa que nos delimitaba, la copla
que hería más o el poema que surca, balanceándose, mares ignorados.
Esta mañana acompañé a otro amigo a ese patio. Normalmente
bajaba "al sur del sur" atravesando esta bahía enloquecedora y
perimetral, ponía notas y signos, y a veces hasta pasaba lista.
Luego subía siempre por la bahía y buscaba la cara para leer los ojos
y no los encontraba, volvía a bajar y a subir y a bajar nuevamente
para escribir los ojos y no los encontraba y no los encontraba.
Bien tarde he comprendido tu bisturí de disección de versos,
la constante humedad de las comisuras de tus ojos, la lágrima fácil,
tu obseción por el tiempo y el sofá de cuero desfondado. La caracola
gigante de tu escalera aún la conservo.
Luego volví a inundar de algas mis bolsillos y soñé con
subirme a los cañizos y esterones de La Puntilla, arrebatado de
impotencia, para desde allí desafiar al viento de Levante.
Tembloroso y triste me refugio en el oscuro reducto de mi casa,
y la altanera araucaria de mi balcón va susurrándome sus quejíos
vegetales circundada también por cuatro muros. Me pareció por un
instante oir el ulular del viejo molino de viento de la calle Valdés,
girando alocadamente, desesperado, por perder al mejor de sus amantes,
allá, no muy lejos, concretamente en un patio flanqueado por
cipreses, en un solar ruinoso y ventilado por signos y claveles.
(El entrecomillado es una cita del título de un libro de poemas
de Julio Rivera Cross).
Del libro Cálidoscopio
Antología Generacional
Colección El Ermitaño II, 1993
SI SUFRO NO ES COSTUMBRE
Si sufro no es costumbre,
dejé atrás juventudes,
ausencia, hospitales.
Acaricié y fuí dueño de playas,
muchachas, dolores, aguaceros.
Hoy, las dioptrías aumentan.
El piso disminuye.
Soporto mal ocho horas
tantos días...
Si sufro, no es hábito malsano.
Los cincelados mármoles me asustan.
Del libro Cálidoscopio
Antología Generacional
Colección El Ermitaño II, 1993
dejé atrás juventudes,
ausencia, hospitales.
Acaricié y fuí dueño de playas,
muchachas, dolores, aguaceros.
Hoy, las dioptrías aumentan.
El piso disminuye.
Soporto mal ocho horas
tantos días...
Si sufro, no es hábito malsano.
Los cincelados mármoles me asustan.
Del libro Cálidoscopio
Antología Generacional
Colección El Ermitaño II, 1993
SATYAHARA NO QUIERE VERME HOY
..."Si no te hubieses enamorado de
un muchacho vil, de baja condición...
Muhammad Ben Galib Alrusafi,
de la Ruzafa de Valencia
(m. 1.177)
La cascada está robando al monte
un grito
el paso de la lluvia
está triste -La Luna-
no sabe llorar esta noche
El agua continúa humedeciendo
su cara
Satyahara vigila en el porche
interpreta en el fuego de la vida
desgarrando a intervalos las quimeras
del agua
Envidiosos
los grises troncos contonean
sus ramas
-asustándola-
para seguir de pasada
siendo sombras
y detener la noche en sus miradas
Otra rana se ha convertido en príncipe
Del libro CálidoscopioAntología Generacional
Colección El Ermitaño II, 1993
un muchacho vil, de baja condición...
Muhammad Ben Galib Alrusafi,
de la Ruzafa de Valencia
(m. 1.177)
La cascada está robando al monte
un grito
el paso de la lluvia
está triste -La Luna-
no sabe llorar esta noche
El agua continúa humedeciendo
su cara
Satyahara vigila en el porche
interpreta en el fuego de la vida
desgarrando a intervalos las quimeras
del agua
Envidiosos
los grises troncos contonean
sus ramas
-asustándola-
para seguir de pasada
siendo sombras
y detener la noche en sus miradas
Otra rana se ha convertido en príncipe
Del libro CálidoscopioAntología Generacional
Colección El Ermitaño II, 1993
A PESAR DE QUE DEN VUELTAS LAS CABEZAS
A pesar que den vueltas las cabezas
a pesar de todo
a pesar de ti mismo
y de mi mismo
muy a pesar de todo
es absolutamente necesario
es absolutamente imprescindible
luchar
seguir luchando
luchar siempre
a pesar de la tierra y de la sangre
a pesar de tus gentes
a pesar de tu muerte y de tu miedo
a pesar de mi miedo y de mi muerte
muy a pesar de todo
Es absolutamente necesario
es rigurosamente imprescindible
luchar
seguir luchando
luchar siempre.
Del libro Cálidoscopio
Antología Generacional
Colección El Ermitaño II, 1993
a pesar de todo
a pesar de ti mismo
y de mi mismo
muy a pesar de todo
es absolutamente necesario
es absolutamente imprescindible
luchar
seguir luchando
luchar siempre
a pesar de la tierra y de la sangre
a pesar de tus gentes
a pesar de tu muerte y de tu miedo
a pesar de mi miedo y de mi muerte
muy a pesar de todo
Es absolutamente necesario
es rigurosamente imprescindible
luchar
seguir luchando
luchar siempre.
Del libro Cálidoscopio
Antología Generacional
Colección El Ermitaño II, 1993
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