(Solo de guitarra flamenca con un deje árabe, pausado, como el oleaje del Atlántico al chocar contra las murallas de Larache)
(Entra una sección de violines de la orquesta, evocando un lamento antiguo)
En Larache hay una placa
al rey poeta de Sevilla
sobre una fachada vieja
y a su amada Ittimad Al-Rumaikiya.
Al otro lado del mundo,
llora el rey de los tambores,
señor de los girasoles,
fuente de los limonares.
Despojado de su Alcázar
a los grillos del destierro,
escribiendo sobre el hierro
lo que el tiempo ha de borrar.
En Larache las callejas
olor a alhucema extienden;
al paso, babuchas viejas.
Traen orquídeas las gaviotas.
Siento en mi pecho el dolor,
dolor que en mi pecho tiembla...
cuando de mármol la placa
se dirige a la mirada
en esta calleja estrecha.
(La orquesta baja la intensidad, se queda un violonchelo solo imitando el temblor del pecho)
Una calleja varada
recuerda: "Rey de Sevilla",
mientras la mar en la orilla
rompe en la piedra encalada.
Mármol que evoca el desierto,
el triste exilio de Agmat,
para llorar al rey muerto.
plantadas están en el cielo,
mirándonos con tristeza,
dan color y dan consuelo
entre silencios de orégano!
(Estalla la sección de cuerdas y las palmas fuertes)
¡Ay, Al-Mutámid, rey cantante!
Sevilla gime en el río,
Córdoba frena tu brío,
y Larache tan presente.
Tú no has muerto en el olvido,
tu verso sigue viajero,
sigue viajando tu verso,
en dos orillas cantando
por lo mucho que has perdido.
(Aumento drástico de ritmo, entran metales y golpes secos de percusión)
¡Murió en Agmat el poeta,
pero en Larache se queda!
Atrapado en la calleja,
en el pelo y en la falda
de Ittimad Al-Rumaikiya.
(La música se vuelve íntima, vuelve la guitarra solista y la brisa del mar)
Se va perdiendo la tarde...
los poemas, las canciones,
y por el río van sus besos,
que se los roba la prisa.
¡Un incendio es la medina!
(Alargar el rasgueo final de guitarra, el sonido real de las olas del mar y el graznido de las gaviotas)