Me he tatuado tu nombre.
Tu nombre no olvidaré
porque ya mira conmigo,
ya vive conmigo,
ya duerme conmigo.
Conmigo,
conmigo...
Te busqué en el horizonte las mañanas de frío,
te busqué tras las puertas que encontraba cerradas,
miré en todos los pozos, registré las fachadas,
caminé carreteras por si en cualquier acequia
reconocían tu nombre.
Llamé a los militares, esos que van armados
con largas carabinas, siempre de dos en dos,
con un capote verde.
Nadie te conocía, nadie me daba pistas,
y yo me deprimía y yo me hundía;
me desintegraba en la melancolía.
Desesperado —asqueado de todo—,
de un portazo cerré mi corazón.
Tiré la llave.
No podría decirte si alguna vez te quise,
no puedo asegurar si estoy
o no estoy triste.
Triste, triste, triste…
Me he tatuado tu nombre en las manos
para no olvidarte; así siempre te llevo
presente
y distante.
Me he tatuado tu nombre con tinta negra y roja;
la gente me mira, pero no dice nada,
porque la gente calla,
calla y me deja paso
cuando me ven hundido.
Me he tatuado tu nombre y ya no te recuerdo,
tu cara la he olvidado:
yo mismo
me he enjaulado.
He preocupado a toda mi familia
y los buenos amigos se han sentado a mi lado
recordándome carpintería invisible:
Lorca, <<Nueva York>>;
Whitman, «Hierba»;
Machado, «Guitarra de mesón»;
Milanés me dice, «Yolanda»;
Serrat, <<Mediterráneo>>;
Sabina, «Melancolía»;
Hierro, «Libertad»;
Benito, <<Haiku>>;
y Alberti: «¡A galopar, a galopar…>>
Me he tatuado tu nombre.
Tu nombre por las tardes,
tu nombre por las mañanas
y por las noches: tu nombre,
tu nombre
y una vez más: tu nombre.
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