Para cuando me aleje y no escriba tanto,
no cerréis la puerta ni rompáis en llanto;
porque sé que es duro, y eso lo aseguro,
volveré cantando muy de vez en cuando.
Cuando veáis alejarse al gris furgón,
yo estaré tendido en él con aire burlón.
No iremos al campo de flores y bayas,
sino a una sucursal del Banco Vizcaya.
Bien que lo he ganado y me lo merezco,
de tantos efectos que les he pagado.
Comentad tranquilos: «Este no se ha muerto,
estará escribiendo grafitis al cielo».
Y cuando vuelva de noche, cantaré;
como canta el mirlo, como canta usted.
Dejad puertas abiertas, abrid las ventanas,
para que pase el viento, para que yo pase.
Y pasen conmigo todas las mañanas,
porque los difuntos no tenemos llaves.
Me veréis algunos trastear en mis libros,
muy de vez en cuando visitar el baño,
jugar con el tren muy entusiasmado,
de cerca deciros, de cerca miraros.
Procurad ser malos, procurad reíros,
que tarde o temprano se acaba acostado.
Para cuando me vaya, no lo contéis a nadie,
que hay mucho envidioso, gente insoportable.
De las nebulosas os traeré regalos:
satélites brillantes, cometas averiados.
Así que tranquilos, morirse no es malo,
es como una broma, es un cachondeo:
te escondes un poco, te largas muy serio
y al ratito miras desde el balcón del cielo.
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